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El conocimiento, un derecho de los pueblos

El término ciencia proviene del latín bajo el vocablo scientia, el cual, a su vez, remite a “conocimiento”. Hablamos de un tipo de conocimiento que se desarrolla bajo ciertas reglas específicas integradas y articuladas en un método, a través del cual se producen teorías sistematizadas que permiten describir y explicar diversos fenómenos naturales o sociales

Este conocimiento es producido y compartido por una determinada comunidad científica de la cual forman parte aquellas personas que se han preparado a través de programas de estudio en diferentes áreas de especialización y quienes manejan ese conocimiento en el mundo científico y lo difunden hacia otros sectores de la sociedad. De esta forma, el conocimiento científico también es aplicado para la solución de infinidad de problemas en todos los ámbitos de la vida humana.
 
Buena parte de los impactos de este conocimiento lo podemos observar en nuestra vida diaria: prácticamente todos los objetos, desde los más sencillos, hasta las más complejas instalaciones y equipos, tienen una base científica y tecnológica. Ahora bien, aun cuando la ciencia y los resultados de la aplicación del conocimiento científico conviven con nosotros, no necesariamente tenemos mayor conciencia acerca de la variedad de factores, actores e intereses que se mueven en el entramado del mundo científico y, muy especialmente, en su vinculación con diversos intereses y centros de poder.
 
Hemos acuñado la idea, bastante ingenua, según la cual la ciencia es absolutamente “objetiva” y “neutral” y su quehacer se remite exclusivamente a producir conocimiento dedicado al bienestar de la humanidad, propósito este que, no dudamos, seguramente comparte la gran mayoría de quienes forman parte de la comunidad científica. Sin embargo, estos criterios resultan algo borrosos e insuficientes cuando examinamos la institucionalidad dentro de la cual históricamente se ha venido construyendo la ciencia en la mayor parte de la civilización occidental contemporánea.
 
La institucionalidad científica tradicional muestra, cuando menos, dos aspectos que dan cuenta de valores y sustentos ideológicos que no responden de ningún modo al pretendido criterio de neutralidad. Por un lado, podemos observar la tendencia de la ciencia tradicional a confinarse en su propio mundo, guiado y regido por criterios y principios internos orientados por la competencia y la jerarquización de cargos, roles y especializaciones.
 
Por otro lado, la ciencia y toda su institucionalidad (sus recursos, sus agendas de investigación y su desarrollo en general) están atravesadas en gran medida por intereses económicos y políticos, funcionales a los principios del capitalismo que capta y acapara el conocimiento científico para industrializar con criterios de mercantilización todas las áreas de producción, servicios y consumo de las sociedades actuales, como por ejemplo alimentos, farmacología, petróleo, comunicaciones, salud.
 
Ninguna de estas consideraciones son novedosas ni recientes. Muy por el contrario, son planteamientos críticos recurrentes a lo largo del desarrollo mismo de la ciencia, muchos incluso han surgido dentro del propio mundo científico.
 
En ese sentido, se observan corrientes de pensamiento que plantean la vinculación de la ciencia con conceptos tales como “ciencia abierta”, “accesibilidad al conocimiento”, “conocimiento colaborativo”, así como otros con mayor radicalidad que proponen la “descolonización de la ciencia”, “la ciencia al servicio de la liberación”, “soberanía científica”, como instrumentos para el bienestar y la transformación sociales.
 
Nada de esto ha sido ajeno a la Revolución Bolivariana, desde donde se le ha dado una importancia de primer orden al conocimiento científico y se ha mantenido un impulso permanente para desarrollar una ciencia propia y comprometida con el horizonte de la patria buena para todos, soberana, independiente y próspera en el marco del buen vivir.
 
Si todos estos planteamientos tenían una gran relevancia, lo cierto es que la pandemia de COVID-19 no ha hecho sino atizar la necesidad de prestarle la máxima atención al conocimiento científico y al papel de la ciencia. En efecto, hoy, en este contexto de pandemia todos volcamos la mirada hacia la ciencia con diferentes expectativas mientras los científicos se esfuerzan al máximo para desarrollar investigaciones que permitan conocer con mayor precisión al virus y, así, poder enfrentarlo.
 
Al mismo tiempo, las grandes corporaciones despliegan todo su poder para captar y capitalizar el conocimiento científico que les permita mercantilizar todo lo que sea posible en relación con la COVID-19 y generar, con ello, la máxima rentabilidad; los Gobiernos, aun desde modelos ideológicos y niveles de soberanía e independencia diversos, también dirigen su atención a la ciencia; y, por último, la gente, las personas comunes y corrientes, miramos también hacia la ciencia con la esperanza puesta en que, de la forma más rápida posible, se logren tratamientos y vacunas que garanticen la vuelta a la “normalidad”.
 
Este escenario nos muestra que, aunque la ciencia tiene un indiscutible protagonismo en este momento, ni estos tiempos de pandemia ni los tiempos por venir de pospandemia pueden reducirse a un fenómeno exclusivamente científico.
 
Como suele ocurrir, el capitalismo predominante en el mundo occidental, aprovechará este tiempo de crisis pandémica para afianzar sus principios y sus lógicas mercantilistas y ejercerá todo su poder para sacar provecho de esta coyuntura. La ciencia, ¡a no dudarlo!, será uno de sus principales instrumentos.
 
Ante todo ello, debemos asumir un rol protagónico y enarbolar las banderas humanistas del pensamiento bolivariano y aliarnos con quienes también cuestionan e interpelan este modelo civilizatorio de la modernidad que ha puesto a la vida misma al riesgo de su extinción. También la ciencia debe ser un poderoso instrumento en esa batalla.
 
Hoy, ante la pandemia global, es imperativo buscar alternativas en todos los órdenes: políticos, económicos, sociales, culturales y, también, científicos. Desde ese marco, no será la tradicional institucionalidad científica la que se erigirá como alternativa.
 
Es necesario continuar avanzando en la construcción de una nueva institucionalidad científica determinada por una ética que, de ningún modo, asuma un carácter neutral que no existe al conocimiento producido. Una institucionalidad científica que proponga y asuma al conocimiento científico como un bien común de los pueblos y la gente, y no como una mercancía para las grandes corporaciones que lo utilizan para maximizar la rentabilidad ni para los grandes centros de poder hegemónico que lo utilizan como instrumento de dominación y sometimiento.
 
Fernando Giuliani
Psicólogo Social
 
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